14 abr 2014

Metalcienta: Parte VI

Pues por fin puedo publicar (benditas vacaciones :D). Por fin les traigo el final de este cuentecillo atascado de referencias metaleras. Ya puedo empezar a escribir algo más :). ¡Felices vacaciones!

Esa mañana Metalcienta despertó temprano, se vistió e intentó abrir la puerta del sótano… Cerrado. No se explicaba por qué su madrastra no había abierto la puerta si tenía que salir para darles de desayunar y ordenar la casa, como todos los días. Se sentó en su cama preguntándose lo que podía hacer cuando de pronto alcanzó a escuchar a Mona gritando y corriendo de un lado para el otro. -¡Ahí viene!- decía la reggaetonera. -¡Ahí viene el príncipe Tyler con sus escoltas!- -¡Rayos!- murmuró Metalcienta, asomándose a la ventana para tratar de ver algo.

El consejero del príncipe ni siquiera tuvo qué tocar la puerta. Doña Eutanasia abrió inmediatamente y les pidió que se sentaran, al tiempo en que les ofrecía un vaso de agua. Nadie lo aceptó. -¡Qué honor que el príncipe Tyler visite nuestro humilde hogar!- dijo Doña Eutanasia, haciendo una reverencia. -No tengo tiempo para formalismos, señora.- dijo Tyler, serio. –El motivo de mi visita es más importante.-

-Dígame entonces, joven príncipe. ¿Qué es lo que le trae aquí?- sonrió ella, tratando de controlar su emoción. -Vengo buscando a la señorita Andrea Llamas. Ella es la vocalista de la banda ganadora de la guerra de bandas de anoche y sus compañeros me dijeron que vive en esta casa.- Doña Eutanasia quedó pasmada por un instante. El príncipe Tyler estaba hablando nada más y nada menos que de su hijastra. ¿Cómo había hecho ella para estar ahí y no ser reconocida? Quizá debió esperar más tiempo después de que sacaran a sus hijas… Pudo haberla ridiculizado ahí. Pero ya era tarde. Tenía qué actuar rápido. -¡Ah claro!- sonrió la malvada mujer. Luego señaló a su hija Mona. -¡Ella es mi hijastra, Andrea Llamas!-

-¿Yo qué?- preguntó Mona. -¡Pero si yo soy tu hija! ¡Me llamo Mona, mamá!- Doña Eutanasia lanzó una mirada fulminante a Mona y la joven reggaetonera se sonrojó, entendiendo que debió seguirle el juego a su madre. -Señora, no estoy aquí para juegos.- dijo el príncipe, molesto. -¡No se ofenda, príncipe Tyler!- dijo ella, haciendo todo lo posible por sonreír. -Sólo era un pequeño chiste. Mi hijastra Andrea es ella.- y después de decir ésto señaló a Judy.

-¡Soy yo, soy yo!- sonrió Judy. -¡Gracias por venir a buscarme, príncipe Tyler!- Tyler miró a su consejero y este dirigió una mirada furiosa a la joven reggaetonera. Luego miró a los ojos al príncipe y apenas un instante después pidieron a los escoltas que trajeran la bota de metal. -Si esta bota de metal te queda, creeré que eres tú.- dijo el príncipe, frunciendo el entrecejo. -¡Claro, claro! ¡Es mi bota!- dijo Judy, tomándola de las manos del consejero y poniéndosela. Entonces se dio cuenta de que algo iba muy mal. La bota no le quedaba. Miró a su alrededor y aguantando el dolor metió su pie a la fuerza hasta que le quedó.

-¿Ves?- dijo Judy al príncipe. -¡Yo soy Andrea!- El príncipe frunció el ceño y le pidió que se pusiera de pie. Esta vez la reggaetonera no soportó y gritó de dolor al tratar de apoyar el pie. Tyler se llevó una mano a la cabeza y esta vez fuera de control, tomó a Doña Eutanasia de los hombros y la alzó, sacudiéndola. -¿Va a dejarme de mentir de una vez por todas, señora?- rugió él, realmente enojado.

-¡Andrea se murió!- dijo Doña Eutanasia. -¡Anoche se murió!- El príncipe iba a lanzarla contra la pared cuando de pronto escuchó unos fuertes golpes y gritos pidiendo auxilio. Tyler dejó a Doña Eutanasia de un lado y corrió a pesar de las lágrimas y los gritos de Mona y de Judy. Al llegar hasta la puerta del sótano sus ojos brillaron al escuchar la voz que pedía ayuda.

-¿Andrea?- preguntó el príncipe. -¡Tyler!- dijo ella, llena de alegría. -¡Voy a sacarte de ahí!- exclamó el príncipe. -¡Aléjate de la puerta!- Esperó unos segundos para que ella hiciera lo que le pedía y tomó vuelo para derribar la barrera que los separaba. En cuanto lo hizo Metalcienta le miró con tremenda admiración, al borde del desmayo.

Sin embargo él la miró con sus bermudas y su playera viejas, y al instante volteó a ver al par de hermanas reggaetoneras y a su madre. Aquella mirada era de desprecio total. -¿Así es como te tienen estas brujas?- preguntó el príncipe a la mujer de sus sueños. -Soy su sirvienta.- respondió Metalcienta, con vergüenza.

-¡Esto sí que es inaudito!- rugió el príncipe. Luego avanzó hasta donde se hallaba Metalcienta y la cargó en sus brazos para sacarla de la casa. La dejó suavemente en su bella motocicleta negra y luego miró a sus escoltas. -¡Guardias!- rugió Tyler. -¡Arresten a este trío de brujas!-
-¿Bajo qué cargos, príncipe Tyler?- preguntó uno de ellos. -¡Bajo el cargo de haberle mentido al príncipe de este reino! ¡Bajo el cargo de vestirse como se visten y escuchar la música que escuchan! ¡Bajo el cargo de jod…!- -¡Entendido, príncipe!- dijo el mismo guardia. Y las órdenes del futuro rey se llevaron a cabo.

Después de esto Los Llamas fueron citados en el palacio para terminar de afinar detalles de la gira que tendrían con los Black Tune. Pocos días antes de que ésta iniciara, Metalcienta y el príncipe Tyler contrajeron matrimonio. La gira duró alrededor de un año y fue un éxito rotundo.

Los Llamas pudieron grabar su primer disco, y después de eso Tyler y Metalcienta disfrutaron de unas vacaciones fabulosas. Todo marchó de maravilla para cada uno… excepto para Doña Eutanasia, Mona y Judy, que fueron forzadas a trabajar como sirvientas en el Palacio Real mientras escuchaban metal todo el día, alternando entre el cumplimiento de los caprichos del no tan amable rey Lemmy y la limpieza de los sanitarios de las más de mil habitaciones con las que contaba el lugar.




Fin… creo.

5 abr 2014

Metalcienta: Parte V

La guerra de bandas era majestuosa. El salón principal del palacio estaba completamente decorado con motivos metaleros, cadenas y pinchos por todos lados. En medio de éste había un escenario giratorio con espacio y equipo para cinco bandas. Veinticinco agrupaciones participaron en el evento, prácticamente todo el reino asistió al espectáculo, y todo el mundo estaba maravillado con los resultados del mismo… excepto el príncipe Tyler. El futuro rey lucía fastidiado, fumando a más no poder, recargado en su mesa con un whisky a medio beber, preguntándose lo que iba a hacer si no hallaba una banda que le convenciera. En eso estaba cuando su consejero apareció de la nada y se sentó junto a él.

-¿Dónde estabas?- preguntó el príncipe, mirando a la banda que estaba tocando en ese momento.
-Cerrando un par de tratos.- contestó el consejero, inexpresivo. -¿Ya viste algo que te convenza?-
-No. ¿Tú qué opinas?
-Me da igual. Mientras a ti te guste, todo bien.
-¿Y si ninguna me convence?
-Pues ya veremos que hacemos.
-¿Así nada más?
-Todavía faltan diez bandas. Relájate y disfruta.
-Está bien…

La banda en turno terminó su presentación y todo el mundo aplaudió, menos Tyler. La siguiente banda, que era la de Mona y Judy, se alistó para empezar. Judy se acercó al micrófono y lo probó. Estaba a punto de iniciar su primera canción cuando el príncipe se levantó de su asiento, abriendo sus grandes ojos y lanzando un grito tremendo. -¡Suficiente!- fue lo que dijo en su grito. -¡La siguiente banda por favor!-

-¡Pero…!- musitó Judy, con lágrimas en los ojos. -¡Pero nada!- exclamó el príncipe. -¡Bájenlas de ahí!- En seguida los guardias reales se apresuraron a cumplir las órdenes del príncipe y entre alaridos y llanto, las hermanastras de Metalcienta fueron expulsadas del escenario. El Rey Lemmy y la Reina Doro, quienes se acercaron a su único hijo, observaban la escena, preocupados.

-¿Es que no quieres casarte, Tyler?- preguntó el rey, furioso.
-Sí quiero casarme, padre.- contestó el príncipe. -¡Pero hasta ahora ninguna mujer me convence!-
-Déjalo, Lemmy.- pidió la reina. –El evento aún no termina. Deja que Tyler descarte toda posibilidad. Si no, está la opción de casarle con la princesa Avril.-

-¡Ni loco…!- murmuró Tyler, entre dientes. -¿Qué dices?- preguntó el rey, terminándose de beber del whisky de su hijo. -Que… que…- titubeó el futuro rey. -¡Que me saqué un moco…!- La Reina Doro rió discretamente y después se llevó a su marido. -¡Siguiente banda!- se escuchó al príncipe insistir.

El Satán y el Oso se miraron uno al otro, preocupados. -¿Nada de Metalcienta?- preguntó el Satán, sudando de los nervios. -Nada.- suspiró el Oso. –La mismísima Patana no ha podido darme razón de ella.-

-¿Qué hacemos, chicos?- preguntó el Lobo. -¡No podemos empezar sin ella!-
-¿Abandonamos?- preguntó el Yisus, decepcionado.
-¡Eso sí que no!- dijo el Oso. –Ella vendrá. Sé que vendrá.-
-¡Conecten todo!- dijo el Gato. Los metaleros se vieron unos a los otros esperando un milagro y empezando a conectar…

Mientras tanto, Patán y Patana miraban hacia la puerta principal. ¿Dónde se habría metido esa niña? -Estaba demasiado entusiasmada.- murmuró Patana a su novio. -¡Algo debe haber pasado! Patán, ¡tenemos que ir a buscarla!-

-Creo que eso no va a ser necesario.- respondió Patán, sin despegar la vista de la puerta principal. Patana miró de nueva cuenta hacia la puerta al momento en que escuchaba el inconfundible rugir de una Harley… Ese sonido llamó la atención de todos los asistentes, quienes se quedaron en absoluto silencio. La sorpresa fue grande cuando de la esplendorosa Harley Davidson bajó una hermosa mujer repleta de joyas y un fabuloso atuendo estilo heavy clásico. Nadie le despegó la vista mientras corrió rumbo al escenario y se acomodó frente al micrófono.

-¡Vaya…!- suspiró Patana. –Sabía que no nos ibas a decepcionar, Metalcienta del mal.-
-¿Dónde te habías metido?- preguntó el Satán, incrédulo.
-Estaba cerrando un par de tratos.- suspiró Metalcienta. -¿Ya están listos?-
-Sí.- murmuró el Yisus. -¿De dónde sacaste esa moto?-
-Luego les explico.- dijo la jovenzuela. -¡Vamos a metalear!-

Metalcienta se paró frente al micrófono y miró al príncipe Tyler directamente a los ojos.
-¡Una vez más, bienvenidos a la guerra de bandas del Palacio Real!- dijo ella, entusiasta. -¡Nosotros somos…!- Entonces se detuvo a pensar. Habían estado tan ocupados ensayando que olvidaron por completo nombrar a la banda. Ahora tenía qué improvisar. -¡Nosotros somos…! ¡Los Llamas!- dijo ella, disimulando su nerviosismo. -¡Y estamos aquí para que ustedes mateen con nosotros! ¡Tres, dos, uno…!-

Al instante los ahora llamados “Llamas” empezaron a tocar. En lo que terminaban el intro el Satán se le acercó a su vocalista…
-¿De dónde Los Llamas?- preguntó, curioso.
-¡No sé, tenía qué improvisar! Ese es mi apellido…- contestó ella.

La primera canción fue todo un éxito y provocó desde violentos movimientos de cabeza hasta slam por todo el lugar. El príncipe estaba maravillado. Ya había quemado el mantel de la mesa con su cigarrillo y el vaso de whisky ni siquiera pasó por su mente. Esa banda era justo lo que buscaba. El público pidió una canción más y Tyler no les negó ese capricho. Los Llamas volvieron a arrancar con una poderosa meoldía, y mientras se cubrían de gloria frente a todo el reino, el príncipe Tyler se preguntaba dónde había visto ese par de grandes ojos…

Antes de terminar la segunda pieza, Metalcienta se dispuso a presentar a sus compañeros. -¡En las guitarras tenemos a Abel y a Alejandro!- dijo ella, pidiendo un aplauso. El Satán y el Oso agradecieron sin dejar de tocar. -¡En el bajo tenemos a Omar!- sonrió. -¡En los teclados tenemos a Pablo!- El Lobo y el Yisus agradecieron tremendamente. El público no dejaba de gritar de emoción. -¡En la batería tenemos a Andrei!- exclamó, para después cederle el micrófono al Satán.

-¡Y en la voz tenemos a…!- entonces titubeó. -¿Cuál es tu nombre, Metalcienta?- preguntó, apenado. -¡Andrea!- dijo ella, asegurándose de que el Satán le entendiera. -¡En la voz tenemos a Andrea!- gritó el Satán, mientras el príncipe se ponía de pie para aplaudirles. -¡Nosotros somos Los Llamas y esperamos que la hayan pasado muy bien con nosotros!-

-¿Cuántas bandas faltan?- preguntó el príncipe a su consejero. -Ocho.- respondió el sabio hombre, mirando aquella banda con absoluta indiferencia. -Diles que se pueden ir ya.- suspiró Tyler, asombrado. –Y trae a Los Llamas a mi palco. Ordena a la servidumbre que preparen los bocadillos y las botellas. Voy a hablar con ellos largo y tendido…-

-¿Y el resto de los Black Tune?- preguntó el consejero, pensando en las botellas. -Ah, sí. Ellos también vienen.- sonrió el príncipe. El consejero se retiró y siguió las indicaciones del príncipe con una sonrisilla malvada apenas visible en su rostro.

Una vez reunidos en el palco del príncipe, comieron, bebieron y hablaron sobre el contrato que en un futuro iban a firmar para irse juntos de gira. Mientras el Satán y el Pelochas, baterista de Black Tune, se ponían de acuerdo y hablaban de negocios, Tyler y Metalcienta se sentaron a platicar un rato. Empezaron hablando de música, luego siguieron con bebidas y después se contaron algunas anécdotas del medio musical, hasta que el príncipe cambió el tema.

-Andrea, tienes una agujeta desamarrada.- dijo, amablemente. -Ah, no importa.- sonrió ella, embelesada con Tyler. –La hora del glamour ya terminó.- Ambos rieron mientras se miraban tiernamente a los ojos. -Oye, ¿dónde te he visto antes?- preguntó él, sonriente. -Ehm…- titubeó ella. –Quizá…- De pronto el Yisus miró su reloj y pronunció: -¡Ya casi es la una de la mañana!- dijo. -¡Qué rápido se va el tiempo!- Metalcienta palideció y después de mirar a su tecladista se puso de pie. -¡Tengo qué irme!- murmuró ella.  -¿Irte?- preguntó Tyler. -¿Cómo?-
-Perdóname Tyler.- dijo ella, con lágrimas en los ojos. -¡Es que no puedo quedarme!-
-¿Qué?- cuestionó él, incrédulo. –Está bien, está bien. Comprendo. ¡Sólo dime dónde te encuentro!-

Pero la joven metalera no pensó más que en salir corriendo de ahí. Absolutamente todos los Black Tune y Los Llamas fueron detrás de ella, y en el trecho entre la puerta principal del salón y su motocicleta, Metalcienta casi se cae. Consiguió mantener el equilibrio pero perdió una de sus botas de metal. -¡Andrea…!- gritaba el príncipe Tyler, sosteniendo la pequeña bota en sus manos, mientras la joven huía a toda velocidad en su Harley de calabaza.


Era la una de la mañana en punto cuando la chica llegó a su casa. Rápidamente y sin dejar de mirar a todos lados dejó la Harley justo en la entrada y se apresuró al sótano, donde la puerta volvió a aparecer después de que ella entró y se acomodó en la cama. Apenas unos minutos después Doña Eutanasia, Mona y Judy llegaron. Metalcienta les escuchó quejumbrosas y dolidas, y eso fue lo último que supo, ya que no tardó en quedarse dormida.