Introducción
El siguiente relato ha sido escrito por mera diversión y nada más porque sí. Prácticamente todos los personajes del mismo están inspirados en personas reales, y si les queda el saco, qué mejor. Hecha la aclaración, favor de prestar atención a esta introducción.
Había una vez, en un reino no tan lejano, una huérfana joven metalera de blanca tez, lacio cabello castaño y grandes ojos oscuros. Ésta había sido acogida por su madrastra tras la muerte de su padre, y condenada a fungir como sirvienta en su casa poco después de eso. Aquella vil mujer, llamada Eutanasia, tenía dos hijas: Mona y Judy, un par de reggaetoneras vanidosas y presumidas. Ellas se encargaron de hacerle la vida imposible a su hermanastra desde que se conocieron, y al ver que no podían influenciarla para convertirla en una de las suyas empezaron a burlarse de ella, apodándola “Metalcienta”. Pero este mote sólo resultaba ofensivo para los de la misma calaña que Mona y Judy. Pronto los vecinos y conocidos de esta peculiar familia olvidaron el nombre de la joven y empezaron a llamarle de esta forma, no por insultarla, sino porque iba muy bien con su forma de ser.
Metalcienta parecía triste y solitaria, sin embargo, en el fondo, era una joven alegre con un gran corazón. Siempre estuvo para apoyar a quien lo necesitaba, nunca le negó una sonrisa a quien la merecía y cualquier pretexto era bueno para pasar un buen rato con ella. Pero ya no voy a dar más detalles en esta introducción. Ahora que ya saben lo básico, les invito a seguir la historia de Metalcienta desde un punto determinante…
Parte I
-¡Metalcienta!- gritó Mona,
desde su habitación. -¿No has visto mis tenis rosas?-
-¿Los de luchador?- rió
Metalcienta en el pasillo.
-¡No seas payasa!- masculló
Mona, furiosa, aventándole un zapato a su hermanastra.
-¡No, no los he visto!-
contestó Metalcienta, al momento en que esquivaba el tacón de aguja del zapato
de Mona.
-¡Pues búscalos!- gruñó
Mona.
Metalcienta se dio media
vuelta y se dispuso a buscar los tenis cuando desde el otro lado de la casa
se escuchó un ensordecedor grito:
-¡METALCIENTA!- rugió Judy,
encolerizada. -¿¡Por qué no has lavado mis gorras?!-
-¡Porque tu mamá no ha
pagado el agua!- gritó Metalcienta, desde el pasillo.
-¡Pues ve por la agua a la
cisterna!- contestó la caprichosa reggaetonera.
-Ah, ahora es “la agua”.-
suspiró la metalera.
La pobre mujer buscaba los tenis
rosas y trataba de figurar como sacar agua de la casi vacía cisterna sin caerse
dentro de ella cuando un ruido justo atrás la hizo detenerse en seco. Conocía
ese sonido. Miró hacia un lado, miró hacia el otro, luego se dio media vuelta y, asegurándose de que nadie la viera, se asomó por la ventana.
-¡Metalcienta…!- murmuró una
voz que ella conocía perfectamente.
-¿Qué pasó, Lobo?- preguntó
Metalcienta, irritada. -¡Oye, sabes bien que es peligroso que me vengas a ver a
estas horas!-
-Ya lo sé. Solo vine de
rápido. A Satán le han llegado buenas noticias y parece que eso nos involucra a
todos. Dijo que vendrá por ti esta noche. ¿Está bien?- continuó murmurando el
Lobo.
-Sí Lobo, sí.- dijo
Metalcienta, cuidando que sus hermanastras no escucharan. -¿Entonces te veo en
el Tártaro?-
-Sí. Misma hora, mismo
canal.
-Okey. ¡Ahora vete antes de
que te vean las tepis!
-¡Ta’ bien pues, ya me voy!
Y después de un ligero
movimiento, el Lobo desapareció.
-¡¡METALCIENTA!!- gritaron a
coro Mona y Judy, emberrinchadas.
-¡Ya voy!- respondió
Metalcienta, para dar unos cuantos pasos que la llevaron a la habitación de
Mona.
-¿Ya encontraste mis tenis?-
preguntó la odiosa joven.
Metalcienta la miró de
arriba a abajo, y luego su vista le indicó que la solución a ese problema
estaba debajo de la cama de Mona.
-Ahí están, Monita.- sonrió
Metalcienta mientras señalaba el horrible calzado que acababa de hallar. –Justo
en tu nariz.-
-¡No seas tonta,
Metalcienta!- dijo Mona, agachándose para tomar sus tennis rosas. -¡Yo no tengo
la nariz en los talones…!-
“Pues la verdad ya no sé,
Mona.” dijo Metalcienta para sí. “Con ustedes hasta lo más bizarro es posible…”
La metalera iba a continuar con sus labores pero el timbre de la casa
sonó con insistencia. Eso solo podía significar una cosa: “¡A ver qué trae
ahora Doña Eutanasia!” pensó mientras bajaba las escaleras para abrir la
puerta. -¡Hijitas mías!- decía Doña Eutanasia con todo entusiasmo, mientras agitaba
un papel en las manos. -¡Pequeñas de mi corazón! ¡Preciosas niñas mías!- Mona y
Judy corrieron a recibir a su madre con un evidente dejo de hipocresía en sus
rostros.
-¿Qué traes ahí mamá?-
preguntó Judy.
-¿Qué es? ¿Qué pasa?-
preguntó Mona.
La expresión dulzona de Doña
Eutanasia cambió por completo. Su sonrisa falsa se transformó en una exigente mueca
al tiempo en que mostraba a las tres chicas un papel que sostenía en la mano. -El
rey ha emitido este comunicado para todas las mujeres casaderas del Reino.-
dijo, con firmeza. –El príncipe Tyler está buscando dos cosas: La número uno,
una esposa que le permita ser rey cuando el tiempo sea apropiado. La número
dos, una banda con vocalista femenina para que abra los conciertos de su banda,
la afamada Black Tune.- Los ojos de
Judy y de Mona brillaron tremendamente, pero los de Metalcienta hubieran
deslumbrado a cualquiera.
Doña Eutanasia continuó con
su explicación. –La desventaja de esto, señoritas, es que quiere que esa esposa
y esa vocalista sea una misma persona. Esto parece un capricho difícil de
cumplir, y sin embargo, muchas de las mujeres casaderas del Reino ya están
formando y preparando sus bandas de metal. ¡Ustedes tienen exactamente dos
semanas para hacer una banda, que una de ustedes cante y la otra haga los
coros, porque esto se decidirá en una guerra de bandas en el Palacio Real! ¡El
príncipe tiene que decidirse por una de ustedes porque nos urge salir de
nuestras deudas!-
-Descuide, Doña Eutanasia.-
dijo Metalcienta, sonriente. –Puedo decirle a mis amigos que nos ayuden a
completar la banda, y les enseñamos a Mona y a Judy a tocar. Yo con gusto
cantaré, lo traigo en la sangre. Sé que recuerda que mi papá era un famoso
cantante de metal y…-
-¿Pero de qué cosa estás
hablando, niña?- rió Eutanasia, frívola. –Mona y Judy van a participar. Tú no
tienes derecho alguno.-
-¡¿Qué?!- exclamó
Metalcienta, con el corazón roto. -¿Pero por qué?-
-En primer lugar,
Metalcienta…- rugió su madrastra. –Tú no eres mi hija. En segundo lugar, ¡no
voy a dejar que te cases con el príncipe! ¡Tú nunca serás más que una simple
criada!-
-¡Pero ellas no saben nada
de metal!- protestó Metalcienta. -¡Yo tengo los conocimientos, la actitud, el
atuendo!-
Doña Eutanasia se echó a
reír. Después de su hiriente carcajada, miró a Metalcienta de arriba a abajo.
La joven llevaba puestas unas viejas botas de lona, un par de bermudas rotas,
cadenas donde portaba sus accesorios de limpieza, una gastada playera de Iron
Maiden, una muñequera negra, una pulsera con estoperoles y un pañuelo amarrado a modo de diadema en la cabeza…
-¿Atuendo?- musitó Doña
Eutanasia. -¿Con ese atuendo de sirvienta pretendes presentarte en la guerra de
bandas? ¡Metalcienta, no me hagas reír! Ahora ve a terminar tus labores… ¡Y
deja de meterte en asuntos que no te incumben!- La jovenzuela controló sus
lágrimas y se dio media vuelta, haciendo lo que su madrastra le había indicado.
Mientras caminaba hacia el patio pudo escuchar las burlas de Doña Eutanasia y
su patético par de hijas. “No sé cómo le voy a hacer…”
pensó la joven metalera. “Pero no me voy a quedar fuera de esa guerra de
bandas.”

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