29 mar 2014

Metalcienta: Parte III

Por fin es sábado y después de una semana y fracción bastante pesada en cuestiones académicas (por eso no había publicado), aquí tienen la tercera parte de "Metalcienta". Gracias de antemano por leerme :).

La banda de Metalcienta pasó esas dos semanas ensayando todas las noches hasta el amanecer. En ese lapso de tiempo, la pobre metalera apenas durmió, y aunque Doña Eutanasia y sus hijas lo notaron, no lograban explicarse el porqué de tanta somnolencia. Ahora nos ubicaremos justo un día antes de la guerra de bandas, en el mercado principal del reino, donde Metalcienta había ido a hacer algunas compras.

La joven se apresuró a conseguir lo necesario para la comida, y después de asegurarse que nadie la veía, se metió a la tienda de botas y accesorios “Mala Facha”, donde se encontró con una chica de negro cabello, grandes ojos, y expresión serena. -¡Metalcienta!- sonrió aquella joven, mirando hacia un lado y hacia otro. –Todo en orden…- murmuró justo después. -¿Qué hay, Patana?- sonrió Metalcienta, abrazándole. -¿Tienes algo para mí hoy?-

-Sí.- sonrió Patana. –Tengo cinco pares de botas en la bodega que están ansiosos por que los veas… Ven conmigo.-
-Gracias, Patana del mal.- sonrió Metalcienta. -¿Irás a la guerra mañana?-
-¡Claro! La banda de Patán le abrirá a los Black Tune.
-¡Perverso!
-Estaremos apoyándote en primera fila. Pero bueno, ¡ve a ver las botas!
-¡Ya estás!

Y después de esta pequeña conversación, Patana abrió la puerta de la bodega, dejó a su amiga pasar y la cerró rápidamente. Dentro de ella había cientos de pares de botas, pero los cinco pares de los que Patana hablaba eran usados nada más y nada menos que por los miembros de la banda de Metalcienta.

-¿Cómo les fue en la junta de producción?- preguntó Metalcienta, después de saludarlos a todos.
-Muy bien.- respondió el Gato con una sonrisa. –Estamos dentro de las últimas bandas.-
-Y vimos a las otras bandas…- dijo el Oso. –No creo que puedan con nosotros, niña.-
-Me gusta tu forma de pensar.- sonrió Metalcienta. -¿Y cómo es el príncipe?-
En ese instante los cinco músicos emitieron una serie de burlas y risas que hicieron a la chica ruborizar. -¡Oh, caray!- exclamó ella, tratando de ocultar su timidez. –Bueno mejor díganme si vieron con quiénes están Mona y Judy…-
-Están con las gemelas de la Profesora Hematoma.- contestó el Lobo. –Nada de que preocuparse.-
-¡Hubieras visto la cara del príncipe Tyler cuando las vio!- rió el Satán. –Las miró como diciendo: “¿Qué carajo hacen aquí?”-

La banda entera se echó a reír y después de hacer algunos comentarios despectivos hacia las reggaetoneras, guardaron silencio uno a uno, para dejar hablar al Satán. -Metalcienta, ya es hora de que hablemos lo de la ropa.- dijo el chico. –Mi hermana se negó a prestarme sus prendas, y pues, después de ver esta situación con los muchachos y hablar seriamente con Patana, llegamos a esto…-

Y de entre los pares de botas de la bodega, el Oso sacó un par de cajas, una de tamaño medio y la otra bastante grande. -Nos cooperamos todos para comprarte esto.- dijo el guitarrista rítmico, sonriendo al ver la expresión de Metalcienta. –Creo que supe atinarle a tu gusto y sobre todo a tu talla. De corazón, esperamos que lo disfrutes.- Metalcienta abrió la caja mediana y observó dentro de ella un precioso atuendo muy femenino, pero con toda la esencia del metal. Luego se asomó a la otra caja y sin poder creer lo que había en ella, decidió sacar el contenido.

-¡Unas botas de metal!- exclamó ella, casi sin aliento. -¡Son hermosas!-
-Cortesía de Patana.- añadió el Gato. -¡Únicas en su clase!-
-Me alegra que te gustaran.- dijo el Lobo. -¡Pero mejor vete ya antes de que pasen por aquí tus hermanastras!-
-¡Tienes razón!- musitó Metalcienta. –Chicos, de verdad, ¡muchas gracias! ¡No sé cómo pagárselos!-

-Puedes pagarnos ganando esa guerra de bandas.- sonrió el Yisus. Al instante Metalcienta se le abalanzó en un abrazo y el resto de los músicos se les unieron después. Luego de eso, acordaron verse esa noche para el último ensayo, Metalcienta salió de la bodega y se despidió de Patana. Presurosa y cuidando siempre que nadie la viera con las cajas, corrió hacia su casa.

Esa misma noche, Mona y Judy se estaban probando los vestuarios que la mismísima Metalcienta se había visto forzada a elaborar al gusto del par de reggaetoneras. Judy lucía una ombliguera negra con un tutú de colores amarillo y verde, acompañados de un par de tenis de luchador color dorado, mientras que Mona usaba una blusa de tirantes color amarillo fluorescente y una mini falda negra con encaje, acompañadas de un par de zapatos de tacón con estoperoles. Ambas lucían felices y emocionadas y Metalcienta, fingiendo enfado, terminó de recoger lo que había usado y fue a encerrarse al sótano después de un “buenas noches” al aire y sin respuesta.

Sin embargo, una vez dentro de su adorado sótano, tomó los regalos que su banda le había dado y se los probó frente al espejo. Todo le quedaba a la perfección. Lucía casi irreconocible, pero sin duda faltaba algo…

Entonces buscó entre los amplificadores empolvados un cofrecito negro que abrió con una llave en forma de calavera. Dentro de él había varias pulseras y una tiara que se colocó y luego volvió a verse al espejo. -¡Perfecto!- sonrió Metalcienta, e inmediatamente se cambió de ropa, pues iba a ir a su último ensayo, que sería mucho más tranquilo que los anteriores, lo cual le permitiría dormir bien y así estar lista para el gran día.

La casa estaba completamente oscura cuando el Lobo y el Satán llegaron por su vocalista. Sin embargo no todas estaban dormidas como ellos creyeron. Doña Eutanasia vio a los tres metaleros desde su ventana y suspiró, irritada. -¡Con que eso es lo que traes entre manos…!- murmuró, como hablándole a su hijastra.


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