Por fin es sábado y después de una semana y fracción bastante pesada en cuestiones académicas (por eso no había publicado), aquí tienen la tercera parte de "Metalcienta". Gracias de antemano por leerme :).
La banda de Metalcienta pasó
esas dos semanas ensayando todas las noches hasta el amanecer. En ese lapso de
tiempo, la pobre metalera apenas durmió, y aunque Doña Eutanasia y sus hijas lo
notaron, no lograban explicarse el porqué de tanta somnolencia. Ahora nos ubicaremos
justo un día antes de la guerra de bandas, en el mercado principal del reino,
donde Metalcienta había ido a hacer algunas compras.
La joven se apresuró a
conseguir lo necesario para la comida, y después de asegurarse que nadie la
veía, se metió a la tienda de botas y accesorios “Mala Facha”, donde se
encontró con una chica de negro cabello, grandes ojos, y expresión serena. -¡Metalcienta!-
sonrió aquella joven, mirando hacia un lado y hacia otro. –Todo en orden…-
murmuró justo después. -¿Qué hay, Patana?- sonrió Metalcienta, abrazándole.
-¿Tienes algo para mí hoy?-
-Sí.- sonrió Patana. –Tengo
cinco pares de botas en la bodega que están ansiosos por que los veas… Ven
conmigo.-
-Gracias, Patana del mal.-
sonrió Metalcienta. -¿Irás a la guerra mañana?-
-¡Claro! La banda de Patán
le abrirá a los Black Tune.
-¡Perverso!
-Estaremos apoyándote en
primera fila. Pero bueno, ¡ve a ver las botas!
-¡Ya estás!
Y después de esta pequeña
conversación, Patana abrió la puerta de la bodega, dejó a su amiga pasar y la
cerró rápidamente. Dentro de ella había cientos de pares de botas, pero los
cinco pares de los que Patana hablaba eran usados nada más y nada menos que por
los miembros de la banda de Metalcienta.
-¿Cómo les fue en la junta
de producción?- preguntó Metalcienta, después de saludarlos a todos.
-Muy bien.- respondió el
Gato con una sonrisa. –Estamos dentro de las últimas bandas.-
-Y vimos a las otras
bandas…- dijo el Oso. –No creo que puedan con nosotros, niña.-
-Me gusta tu forma de
pensar.- sonrió Metalcienta. -¿Y cómo es el príncipe?-
En ese instante los cinco
músicos emitieron una serie de burlas y risas que hicieron a la chica
ruborizar. -¡Oh, caray!- exclamó ella, tratando de ocultar su timidez. –Bueno
mejor díganme si vieron con quiénes están Mona y Judy…-
-Están con las gemelas de la
Profesora Hematoma.- contestó el Lobo. –Nada de que preocuparse.-
-¡Hubieras visto la cara del
príncipe Tyler cuando las vio!- rió el Satán. –Las miró como diciendo: “¿Qué
carajo hacen aquí?”-
La banda entera se echó a
reír y después de hacer algunos comentarios despectivos hacia las
reggaetoneras, guardaron silencio uno a uno, para dejar hablar al Satán. -Metalcienta,
ya es hora de que hablemos lo de la ropa.- dijo el chico. –Mi hermana se negó a
prestarme sus prendas, y pues, después de ver esta situación con los muchachos
y hablar seriamente con Patana, llegamos a esto…-
Y de entre los pares de
botas de la bodega, el Oso sacó un par de cajas, una de tamaño medio y la otra
bastante grande. -Nos cooperamos todos para comprarte esto.- dijo el
guitarrista rítmico, sonriendo al ver la expresión de Metalcienta. –Creo que
supe atinarle a tu gusto y sobre todo a tu talla. De corazón, esperamos que lo
disfrutes.- Metalcienta abrió la caja mediana y observó dentro de ella un
precioso atuendo muy femenino, pero con toda la esencia del metal. Luego se
asomó a la otra caja y sin poder creer lo que había en ella, decidió sacar el
contenido.
-¡Unas botas de metal!-
exclamó ella, casi sin aliento. -¡Son hermosas!-
-Cortesía de Patana.- añadió
el Gato. -¡Únicas en su clase!-
-Me alegra que te gustaran.-
dijo el Lobo. -¡Pero mejor vete ya antes de que pasen por aquí tus
hermanastras!-
-¡Tienes razón!- musitó
Metalcienta. –Chicos, de verdad, ¡muchas gracias! ¡No sé cómo pagárselos!-
-Puedes pagarnos ganando esa
guerra de bandas.- sonrió el Yisus. Al instante Metalcienta se le abalanzó en
un abrazo y el resto de los músicos se les unieron después. Luego de eso,
acordaron verse esa noche para el último ensayo, Metalcienta salió de la bodega
y se despidió de Patana. Presurosa y cuidando siempre que nadie la viera con
las cajas, corrió hacia su casa.
Esa misma noche, Mona y Judy
se estaban probando los vestuarios que la mismísima Metalcienta se había visto
forzada a elaborar al gusto del par de reggaetoneras. Judy lucía una ombliguera
negra con un tutú de colores amarillo y verde, acompañados de un par de tenis
de luchador color dorado, mientras que Mona usaba una blusa de tirantes color
amarillo fluorescente y una mini falda negra con encaje, acompañadas de un par
de zapatos de tacón con estoperoles. Ambas lucían felices y emocionadas y
Metalcienta, fingiendo enfado, terminó de recoger lo que había usado y fue a
encerrarse al sótano después de un “buenas noches” al aire y sin respuesta.
Sin embargo, una vez dentro
de su adorado sótano, tomó los regalos que su banda le había dado y se los
probó frente al espejo. Todo le quedaba a la perfección. Lucía casi
irreconocible, pero sin duda faltaba algo…
Entonces buscó entre los
amplificadores empolvados un cofrecito negro que abrió con una llave en forma
de calavera. Dentro de él había varias pulseras y una tiara que se colocó y
luego volvió a verse al espejo. -¡Perfecto!- sonrió Metalcienta, e
inmediatamente se cambió de ropa, pues iba a ir a su último ensayo, que sería
mucho más tranquilo que los anteriores, lo cual le permitiría dormir bien y así
estar lista para el gran día.

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